Todo por la patria

Sentado en una mesa del fondo tenía una completa visión del local de la cafetería. Simulaba leer un periódico y miraba por encima de las gafas oscuras a los ocupantes vecinos. Lo vio entrar con una niña de ocho o nueve años de la mano y Koldo acarició la parabellum que llevaba debajo de la chupa de paño. Ni siquiera recordaba su nombre, quizá García, Gómez o cualquier otro apellido anodino, pero la fotografía no dejaba lugar a dudas, su bigote fino y recortado, sus cejas pobladas y sus grandes entradas, su corta nariz sin llegar a ser chata, ojos marrones, boca pequeña, un representante de una raza impura y envilecida por las continuas mezclas, un txacurra españolista y enemigo de la patria. Lo miró brevemente mientras tomaban asiento cerca de la salida y calculó que la distancia que le separaba de aquella nuca no sería de más de veinte pasos. Había llegado la hora de la verdad, no había vuelta atrás y si no lo hacía él, otro habría que lo hiciera.
En un flash rememoró las enseñazas del aitatxu y la amatxu para que aprendiera a sentirse vasco y solo vasco, además de euskaldún. Rememoró aquella excursión, ya más de diez años atrás, con los compañeros de los jesuitas de Loyola por el monte Itxaso en la que, acompañados del tamboril y el txistu, se entonaron himnos prohibidos que recordaban a valientes gudaris, y se desplegaron artesanas ikurriñas, todavía ilegalizadas por leyes del estado extranjero y sus fuerzas de ocupación. Se reconocieron como pertenecientes a un viejo pueblo, un pueblo de la estirpe de Aitor, una nación de de pastores indómitos e irreductibles, triunfadores en Arrigorriaga, en Gordetxola, en Otxandiano, en Munguía, de intrépidos marineros y de hercúleos deportistas rurales. Hablaron en su lengua, la antiquísima y misteriosa lengua euskérica, conocida ya por Túbal, nieto de Noé, que también trajo la ley vieja; hablaron de los santos laicos del nacionalismo, que desde Arana habían pugnado por recuperar en este viejo pueblo la conciencia de pueblo singular. Sentados sobre una piedra de la cumbre, al divisar el verde panorama de valles, de montes azulados, de bucólicos regatos y caseríos de nobilísima piedra, su amigo Gorka, con el corazón henchido de patriotismo y con lágrimas en los ojos, sentenció:
-Yo daría la vida por Euskadi y, si fuera preciso, mataría por ella.
La unificación de las siete regiones de Euskalerría, incluyendo Nafarroa, así como la consecución de su independencia de los estados español y francés fueron, a partir de aquel día, los objetivos primordiales de su vida, el faro que guió todos sus actos. Recordó su aproximación al mundo del terrorismo, de la lucha armada, primero de la calificada eufemísticamente como de baja intensidad por el nacionalismo moderado, de comandos legales informativos, de entrenamientos en campos de Iparralde, del robo de explosivos, de amenazas, de extorsiones y de impuestos revolucionarios. Ahora llegaba el momento supremo, la Organización consideraba que estaba ya maduro para la acción más delicada, y le encargó la eliminación física de un enemigo de la patria. Vio a la niña sentada a la mesa que tomaba un zumo de naranja y sintió un estremecimiento pasajero. Le habían enseñado que si se producían víctimas civiles no deseadas que supusieran una mala propaganda, debía pensar que se trataba sólo de daños colaterales, como se producen inevitablemente en todas las guerras y desechó todo escrúpulo. Se fijó en la nuca del enemigo, que se había sentado dándole la espalda, y ya no la perdió de vista.
Se dijo: “¡Ahora!”. Se levantó de un salto y se dirigió con grandes zancadas hacia la salida. Dos veces apretó el gatillo. Salió corriendo del local y se perdió por las callejuelas del casco antiguo. Ni siquiera tuvo tiempo de ver cómo aquel individuo se desplomaba sobre la mesa, ni la extraña mescolanza que se iba formando con el zumo de naranja, el café, la sangre y la masa encefálica del maketo.




Comentarios sobre Todo por la patria
Dar la vida o quitarla por la patria, es una solemne tonteria, se llame Euskadi, España o Marruecos.
La idea de Euskadi independiente es tan licita como la de España, solo que hay que defenderla donde hay que hacerlo, en las elecciones y en los parlamentos.
Aunque yo personalmente pienso que seguir haciendo pequeños países, supuestamente independientes, en un mundo globalizado como el de hoy es un atraso.
Hola, Antonio. El problema es la demagogia de algunos políticos, que se va institucionalizando y formando una especie de corpus/catecismo con el que adoctrina a la gente desde que son niños.
Encuentras a verdaderos bestias, seres elementales plenos de odio y una sola idea, inculcada por personajes siniestros que han hecho de la cuestión de la patria su modus vivendi.
totalmente de acuerdo.