Los impuestos son buenos para la salud
No cabe la menor duda de que los gobiernos se preocupan de sus gobernados. El nuevo modelo económico que promete el Gobierno va a conseguir españolitos más fibrosos, más ágiles, más saludables; hasta más altos y guapos.
Si bien es cierto de que los españoles figuran entre los habitantes más longevos del planeta, tal cosa se consigue malviviendo con una salud precaria: la gente enferma constantemente, necesita demasiadas medicinas y plazas hospitalarias y consume muchos recursos de la Seguridad Social. Y todo porque, como sucede con algunos pueblos que han vivido durante siglos en la precariedad, han devenido en los tiempos modernos en seres enfermizos o de obesidad mórbida.
La subida de impuestos del Gobierno de Rodríguez Zapatero persigue el bien general como meta. Como advierte la vicepresidenta Salgado, abstemia, vegetariana y radical antitabaco, la subida de impuestos hay que agradecerla como un bien para nuestra salud: se suben los impuestos al tabaco porque genera cáncer, se sube la gasolina porque contamina.
Mediante ayudas directas o indirectas se estimula la compra de coches, necesaria para que el se acelere el consumo, tan deprimido en los últimos tiempos. Pero a la par hay que disuadir de su empleo, imponiendo multas cada vez más fuertes. De esa manera los coches quedarán parados y no contribuirán al aumento de la contaminación.
Deben multiplicarse los impuestos a la electricidad y al gas, porque sólo los ricos deberían desperdiciar energía en acondicionadores o calefactores, ingenios que anulan la frugalidad tradicional que hacía a los españoles correosos y elásticos.
Recordemos: el hambre es salud y agilidad, como a lo largo de los siglos han preconizado los ascetas y eremitas, enemigos del hedonismo y que han hecho del ayuno y la autoflagelación su guía.
Deberán subir, pues los impuestos del vino, de la cerveza, de todo lo placentero, de los alimentos que engordan para evitar esta plaga de viejos obesos, cada día más discapacitados y menos propensos al sacrificio.
Por último, deberá aprobarse lo antes posible la prometida ley que facilita la eutanasia y hacer pedagogía institucional de su idoneidad. Debería ser más progresista aún que la holandesa, de la que huyen hacia otros países sus ancianos más insolidarios, incapaces de afrontar gallardamente la muerte en el momento en que se conviertan en una rémora de una sociedad feliz.





