María: luz... y sombra
Calle de Santiago de Compostela
Era abril y yo estaba en Santiago. Llevaba en Galicia unas dos semanas y el tiempo, en principio plomizo y triste, había ido aclarándose y el viento recorría, perfumado y limpio, las calles. El cielo era hondo, color perla, como asemejando un escudo de metal. Parecía que bastaba extender la mano para que los objetos más alejados pudieran llegar a tocarse y que no existía la distancia. Durante el día, ningún rastro de nubes contaba con fuerza suficiente para macular el manto uniforme y poderoso de la atmósfera y tan solo de vez en cuando podía verse la estela blanca de algún reactor, que no tardaba en desaparecer. A la atardecida, el espacio iba cobrando un color turquesa, y, muy pronto, desde el monte da Almáciga podía verse un sol moribundo tras las torres de la Catedral.
Después de una trabajosa búsqueda había podido encontrar a María, de la que creí sentirme enamorado a través de los comentarios que hacía en Internet. Regentaba una pequeña tienda y al principio todo fue maravilloso, salíamos por el casco antiguo cogidos de la mano, nos besábamos con pasión contenida y nos sentíamos rejuvenecer cuando nos mezclábamos en el ambiente estudiantil. Era como si volviésemos atrás, a recuperar tiempos antiguos y desinhibidos en los que fuimos felices. Cuando me miraba con sus ojos azules, como dos trozos de océano, creí que habían regresado las horas sensuales, el espejismo de un reencuentro de mi corazón con el mundo.
Siempre me gustó Santiago, pero ahora se había convertido en una ciudad amada, y, al pronunciar ese nombre, junto con el de María creía escuchar una música hermosa. Santiago-María parecía el verso inicial de un poema inolvidable.
Y si embargo, aquellos momentos mágicos se desvanecieron súbitamente. Unos días más tarde María desapareció de mi vida, dejando una escueta nota en la recepción del hotel donde me alojaba. Parece que se iba a trabajar en una ONG radicada en un exótico país del que no precisó nada más, y me pedía por favor que no tratara de seguirla ni hacer averiguaciones sobre su vida. Días atrás me había comentado como de pasada que tenía que cerrar la tienda, agobiada por los impuestos y la presión de las grandes superficies que ahogaba al pequeño comercio.
Permanecí inmóvil durante un tiempo indefinible, en que se me resquebrajaban aquellos sueños, en que se me frustraban tantos anhelos. Sin fuerzas para reflexionar, recogí todas mis cosas de forma maquinal, me despedí del hotel, me dirigí a la estación y tomé el primer tren que me acercara al sur. De pronto, Santiago era una ciudad ajena y melancólica.
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