Es curiosa la importancia que la crítica estructuralista concede a primera frase de la novela o narración, cuando la inmensa mayoría de las primeras frases son simples ganas de empezar, de romper el hielo de la página y por tanto ajenas a cualquier veleidad alegórica.
Dentro del Decálogo del perfecto cuentista propuesto por Horacio Quiroga, el punto cinco nos aconseja: “No empieces a escribir sin saber desde la primera línea adónde vas. En un cuento bien logrado las tres primeras palabras tienen casi la misma importancia que las tres últimas”.
A continuación, algunas frases de inicio de diferentes novelas y cuentos:
El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie.
Horacio Quiroga, “A la deriva.”
¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
Juan Rulfo, “¡Diles que no me maten!”
Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la infuencia.
Juan Rulfo, “Acuérdate.”
En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vuelta por la cabeza.
F. Scott Fitzgerald, “El gran Gatsby.”
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Gabriel García Márquez, “Cien años de soledad.”
Gregorio Samsa, al despertarse esa mañana después de un sobresaltado sueño, se halló sobre su cama convertido en un repugnante bicho.
Franz Kafka, “La metamorfosis.”
El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Pivet Drive, estaban orgullosos de decir que eran completamente normales, muchas gracias.
J.K. Rowling, “Harry Potter y la piedra filosofal.”
Lo primero que advirtió la comadrona en Michael K cuando lo ayudó a salir del vientre de su madre y entrar en el mundo fue su labio leporino.
J.M. Coetzee, “Vida y época de Michael K.”
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.
Miguel de Cervantes Saavedra, “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.”
Los inicios clásicos: "Érase un vez", "Érase que se era", de los cuentos antiguos no tienen hoy mucho prestigio, como todos los tópicos.