Escribir un libro
Crece el número de escritores que se atreven a presentar su libro, a pesar de que el mundo está ya lleno de libros que versan sobre los más atrabiliarios temas. No es difícil toparse con sociólogos de guardia que llenan voluminosos volúmenes (me gusta la redundancia) con estudios preñados de tablas y quesitos que tratan, pongo por caso, sobre temas tan “interesantes” como la influencia de la poesía de un bardo local en el retraso de los trenes, con pensadores dueños de sus particulares líos y cacaos mentales, con historiadores de brocha gorda que se convierten en exegetas de un pasado, sobado por generaciones de hermeneutas y críticos que han buscado denodadamente su enfoque particular, su toque de originalidad sobre el tema en cuestión, o biólogos de mercadillo que leyeron una tesis sobre la influencia de la lombriz roja en el cultivo de la pita en el estado mexicano de Veracruz.
Debe ser hermoso escribir un libro y sobre todo poder presentarlo sin sonrojo. Dejemos aparte lo estrictamente literario por lo que tiene de subjetivo y a los tratados filosóficos que aguantan mejor el paso del tiempo porque el ser humano ha cambiado muy poco en su esencia desde tiempos inmemoriales y, probablemente, porque a muy pocos les interesa perder su tiempo en refutar el mito de la caverna de Platón o los galimatías metafísicos de Spinoza o Kant. En el fondo, cualquier ensayo científico o histórico quedará anticuado, superado o refutado en los tiempos venideros. Cualquier biografía es un fantasma disecado. Cualquier autobiografía es un cadáver maquillado de manera patética. Cualquier libro de medicina actual provocará la carcajada de los médicos del futuro.
Y debe ser duro para un escritor encontrar su libro, al que sacrificó horas de trabajo inspirado o noches enteras de estéril vigilia, a la espera de la esquiva musa, yaciendo amontonado entre los saldos de El Corte Inglés, en alguna caseta de la feria del libro de ocasión, manoseado por un público semiágrafo que lo aparta con displicencia ante la mirada perdida de un casetero semiindocto, o expurgado de una biblioteca para la que nació ya muerto, en su féretro de papel encuadernado al que le faltó savia lectora.
Hay gente que cuenta su vida, a pesar de que, pienso, cualquier vida, vista desde fuera, no es más que la tragicomedia incoherente de un tipo que nace, que recorre caminos inconexos más o menos trazados y ornados de banalidad, que duerme en los lechos de la enfermedad y el amor, y que intenta sostener la estrella fragilísima de la felicidad, siempre a punto de desmoronarse y de caer como un confeti patético sobre los abismos de la desventura.
Ando a la caza del libro, de ese libro que a mi me gustaría escribir, pero que nunca escribiré. Tal libro sería, seguramente, el libro de las preguntas sin respuesta (o de las respuestas sin pregunta).









