El paso de Lucía Etxebarria por la ciudad de Jaén ha sido breve, y sus seguidores han tenido que guardar sus preguntas y la firma de sus ejemplares para mejor ocasión. Al parecer un viaje accidentado y cinco puntos de sutura en el Hospital Reina Sofía de Córdoba, han estado a punto de frustrar su comparecencia ante un nutrido grupo de amantes de su literatura, letraheridos y curiosos en general. Lucía ha lucido gafas negras, aquejada de una alergia fotofóbica y advirtió que si soltaba alguna inconveniencia sería debido al atontamiento producido por el Valium, inoculado en el mismo hospital.
Sin embargo las opiniones vertidas en su sucinta charla no han estado exentas de enjundia. Etxebarria se ha definido como una persona normal, que hace sus compras en Día %. Su apariencia provocadora no puede ocultar una timidez casi enfermiza en mostrase delante de la gente, pero parecía predestinada a ello, debido a su memoria fotográfica, que la hacía idónea para aprenderse desde pequeña las obras de teatro que representaban en su colegio. Eso da de ella una imagen un tanto displicente, que no se corresponde con la realidad.
Sigue siendo tímida, pero al ser una figura bastante conocida en los medios de comunicación debido a diversas circunstancias (televisivas al principio; luego más estrictamente literarias y en el más amplio sentido de la palabra: premios, promociones, apoyo editorial), sus opiniones también han acabado por serlo, en buena medida por la gran cantidad de entrevistas que se ve obligada a afrontar alguien que ha ganado premios tan importantes como el Nadal, Primavera de Novela o el Planeta (Un milagro en equilibrio). Lo cierto es que se ha convertido en una figura polémica, y es bien sabido que la polémica se difunde rápido y se vende bien.
Por su actitud en las entrevistas, su reacción a las críticas, su manera de conducirse y comportarse se ha hecho más visible, a pesar de que todo ello es secundario: lo importante es que Lucía Etxebarria cuenta con una plataforma muy sólida y conspicua, compuesta por el apoyo editorial, la escritura en varios medios y los premios, desde la que lanzar sus ideas sobre el mundo. Lo que ha hecho, y al parecer muy a su pesar, que aparezca como un personaje provocador y unido al feminismo.
El rol de escritora le ha llegado de forma inopinada cuando ganó el premio Nadal 1998 al que se presentó con Beatriz y los cuerpos celestes, más que nada por dar una sorpresa a su padre. Dicho premio supuso un éxito editorial, pero no siempre es así. Hay premios importantes que son pronto olvidados después de vender unos pocos ejemplares, como pasa con el propio Nadal de 1997 y 1999. ¿Quién, por ejemplo, recuerda las obras de Carlos Cañeque y Gustavo Martín Garzo, ganadoras respectivas del premio en dichos años?
Es abiertamente crítica con la prensa, a pesar de su formación periodística. Hay temas tabú intocables, como el Rey o la familia real, aunque ha encontrado una vía humorística para evitar la censura más o menos velada y es curiosamente en la columna que mantiene en una publicación gratuita como ADN donde puede expresarse con más libertad, casi siempre apelando al humor. Intenta que su estilo sea desenfadado y cercano, sin el academicismo de su compañero de espacio Andrés Trapiello, más propio de la Revista de Occidente que de un suplemento semanal.
Es fácil estar de acuerdo con ella cuando critica la adulteración que se hace del mundo que nos rodea a través de la publicidad, lo que provoca la exaltación de lacras de nuestro tiempo que dan lugar a verdaderas pandemias, como la anorexia. La gente, sobre todo las púberes y prepúberes, ansía imitar unos cánones de belleza que se nos presentan como paradigmas a seguir, sin caer en la cuenta de que se recurre a modelos poco corrientes, practicamente imposibles de ver por la calle. Por si fuera poco, todo lo que no sale en televisión no tiene importancia: a ella misma le atribuyeron haber dicho que la única palabra en castellano con las cinco vocales era "murciélago" y, sin referirse expresamente, a las acusaciones de plagio que se vertieran sobre ella. Poco importa que haya explicado por activa y por pasiva que se trataba de infundios: la calumnia y el libelo son como una enorme mancha de aceite que no es posible limpiar del todo.
Contempla el fenómeno Internet, como una revolución semejante a lo que supuso la invención de la imprenta en el siglo XV, y que ha supuesto la confirmación de la aldea global, que ya atisbara el macluhanismo de los 60. El fenómeno ha pillado a contrapelo a las editoriales que intentan mantener su modelo de negocio, pero el futuro es tremendamente incierto y lo contempla con pesimismo. Los libros de papel, los periódicos impresos terminarán por ser reliquias del pasado, como ha pasado con la industria musical y discográfica.
Se ha declarado más lectora de ensayo que de literatura propiamente dicha y, basándose en una obra del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, La modernidad líquida, piensa que todo lo que nos rodea se hace volátil, precario, acrecienta la sensación de incertidumbre y de soledad, la agresividad en todos los niveles, una ansiedad insaciable que sólo podemos aplacar en la única área que queda en nuestras manos: la seguridad. Nos afanamos en buscar soluciones biográficas, individuales, a problemas que parece que ya no pueden tener soluciones generales.
Hoy disponemos de plataformas sociales en Internet, tipo Facebook, donde al parecer podemos disponer de miles de amigos. Pero todo es virtual y muchas veces mentiroso. Las relaciones de proximidad son precarias y casi siempre inexistentes. Se ha perdido el contacto físico de las personas con las personas. Y tal aseveración es válida para explicar el deseo de tantos y tantas jóvenes por tener sus cinco minutos de gloria aunque sea en un cutre programa televisivo, en gran parte debido a que no han recibido la proximidad de sus padres, quizá residentes en una ciudad dormitorio y que no han podido prestarles ni la comunicación ni la atención debidas. Es paradójico ver niños saharauis a los que les falta lo más elemental parecer más felices que los occidentales, precisamente porque no han perdido el contacto físico y cercano con sus padres y madres.
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Dicho lo cual, y sin detenerse más tiempo en Jaén, Lucía Etxebarria continuó su viaje a Málaga.