Julio Llamazares, viajero literario
Excusó dar lectura al texto que había preparado a modo de pregón para la inauguración oficial de la feria del libro de Jaén. Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) consideraba una redundancia leer algo que los asistentes teníamos ya impreso en un folleto, aparte de que la figura del pregonero le retrotrae a Pepe Isbert en Bienvenido Mister Marshall, y su charla se construyó con unas breves, pero jugosas pinceladas sobre algunos de sus conceptos sobre el libro y la lectura.
Julio Llamazares, ojos azules, un casi mostacho y barba en cuidadoso descuido, no es muy partidario de todo el entramado que rodea al mundo literario, y que los escritores sean una especie de bufones a los que se recurre para asistir a cócteles y reuniones de la más variopinta suerte, solo para que suelten alguna de sus ocurrencias sobre cualquier tema. Detesta ir de escritor por la vida, y todo lo que lleva anejo, como el mercado, el glamour, o las poses que hay que adoptar, con todas sus falsedades y sus miserias.
Desprecia la ferretería verbal a la que recurren algunos autores para que esconder la nada. La literatura para él debería sintetizarse en el escritor, que intenta transmitir emociones y el lector, capaz de recibirlas. Sobra todo lo demás y es enemigo de encasillamientos y definiciones. La literatura siempre surge como algo vocacional y a pesar de que en su casa de la montaña leonesa no se disponía de libros ni nada que empujara hacia la literatura, él siempre se recuerda escribiendo desde los diez o doce años. Algunas veces se escribe por la necesidad de llenar un hueco, como contaba Juan Rulfo, que decía que su Pedro Páramo surgió cuando se dio cuenta que todavía no existía en el mundo material ese libro que llevaba en su interior.
Tras estudiar Derecho abandonó pronto la profesión para dedicarse a la literatura y al periodismo. Él escribe de forma intuitiva, sin parecerse a esos forenses del texto, capaces de diseccionarlo para buscarle todas las figuras de dicción o de pensamiento. Confiesa haber escrito muchas sinestesias en su Lluvia Amarilla sin saber que existía una figura llamada sinestesia, como tuvo que reconocer ante una estudiante de instituto.
Se dice incompetente para realizar un análisis de la obra de un determinado autor. Ni siquiera es capaz de analizar con rigor su propia obra. Un cinco raspado obtuvo el trabajo de clase con el que ayudó a su sobrino de 13 años cuando éste tuvo que escribir sobre “la personalidad de Julio Llamazares”.
Es curioso el hecho de que en el sistema educativo, los elementos foráneos carentes del más mínimo conocimiento de pedagogía tengan mayor poder para organizar y programar los derroteros de la enseñanza que los propios docentes.
El libro será lo que determine el momento tecnológico, como en tiempos se escribió en tablillas de cera o en pergaminos. Lo que interesa el la almendra, el interior. La lectura será importante en la medida que sea capaz de hacernos más felices y se debe prescindir de la lectura cuando se convierta en una rémora para la felicidad. No necesariamente nos tiene que hacer más cultos, si se ve la cultura como una actitud ante la vida y no una suma de conocimientos deslavazados. Lo importante es que la gente viva la vida lo mejor posible y sea feliz. Y si la lectura no la hace más feliz, será mejor que no lea. Está en contra de que se castigue a adolescentes con la lectura de textos obligados como El Quijote y La Celestina, que a esa edad puede estimular un rechazo visceral hacia la literatura.
Dirigiéndose a Angustias María Rodríguez, delegada de Educación de la Junta de Andalucía, afirmó que era la primera vez que un político decía algo interesante a su juicio. Los políticos suelen castigar al personal con manifestaciones de cara a la galería e indefectiblemente afirman que van a retomar lecturas atrasadas para las vacaciones, lo cual no suele ser verdad. En países como Suecia donde la lectura es algo normal en la vida diaria, nadie dice que va a leer, porque es un acto sobreentendido.
Julio Llamazares habló por último de su libro más reciente. Las rosas de piedra (Alfaguara) es un voluminoso libro de viajes por las catedrales de España. Desde que siendo niño visitó la catedral de León, ese soberbio edificio gótico del siglo XIII y el caleidoscopio de luces que proyectan sus cristaleras ejerció sobre él una enorme fascinación, que ha querido completar con las demás catedrales de España, 75 en total, contando lo que ha visto y lo que ha sentido, sin concesiones de ningún tipo y sin pretender dar lecciones de arte, literatura ni mucho menos de espiritualidad. Estos edificios muestran su soledad y su tristeza cuando, actualmente, se desconoce su función y han perdido su carácter estrictamente religioso para convertirse en parques temáticos por donde discurren los turistas. Son espejismos, reliquias de un tiempo periclitado que quedó aprisionado entre sus bóvedas.
El primer tomo trata sobre las catedrales de la mitad norte de España y se completará con un segundo tomo sobre las catedrales de la mitad sur, entre ellas las catorce de Andalucía, que se convertirán en la traca final que pondrá colofón a su ambiciosa obra.
A pesar de que siempre encontró similitudes, al menos en los mapas, de las provincias de León y Jaén, que no son ni centrales ni periféricas, que casi equidistan del mar, que sus nombres son palabras agudas de cuatro letras terminadas en ene y que su primera marca de tabaco era Jean, como tantos otros viajeros, a Jaén solo la conoce de paso. Se ha comprometido a detenerse en ella y a que nuestra catedral, de acuerdo con la señora delegada, sea una de sus rosas. Estaremos muy honrados y será bien recibido si se acerca visitar nuestra ciudad y esperaremos impacientes la segunda parte de su libro.






