Verano
Ha llegado la ola de calor que obnubila las ideas y vacía las calles de una ciudad tristona. Uno siempre espera que los calores se retrasen todo lo posible, sobre todo cuando hace una semana disfrutábamos de una temperatura suavemente invernal y en esa guisa uno tiene ganas de hacer más cosas. Pero “la calor inhumana” ha llegado de inmediato a embotar las pocas neuronas que todavía me quedan. El exceso de calor nos produce irritabilidad, cansancio, sensación de malestar, apatía, decaimiento, astenia, negativismo,…Sin dejar de lado el hecho de que el verano es una estación insalubre que se ceba con los más vulnerables: niños y ancianos.
He aprendido a tener gustos espartanos, a resistirlo casi todo, el cansancio, el hambre, la sed, el frío y el calor y detesto la actitud de esas personas tiquismiquis que se quejan de todo, que destrozan el plato porque no tienen más ganas y un par de horas después dicen que tienen un hambre canina, la de las que no pueden aguantar el aire acondicionado, cuando momentos antes decían no poder soportar el calor, pero que dos minutos después vuelven al calor en una sucesión continua de pijos pendulazos.
Pero, aunque mis tragaderas son anchas, no por ello carezco de opinión, y hace mucho tiempo que aborrezco el verano, sobre todo cuando verano es sinónimo de playa, que a su vez es sinónimo de multitud gregaria, mitad voyeur, mitad exhibicionista, de especímenes musculitos de bermudas y paquete, de arena que te abrasa los pies y se cuela por todas las rendijas y luego obstruye el desagüe de la ducha, de paseos ante un panorama que asemeja el mostrador de una carnicería, de saborear en innobles chiringuitos paellas precongeladas y sangrías repelentes al precio de delicatessen.
Me gusta la playa, pero en invierno, cuando la brisa es capaz de transportarme al silencio y la soledad, cuando el abrigo y la lluvia te meten en el andamio de los huesos. En verano la playa es un ambiente de colada y cuarto de baño sin tabiques, el desagüe del verano y nunca he podido encontrarle diversión a ese mojarse y cocerse alternativamente.
No me gusta el verano porque se nutre de un hedonismo de secano, de falsos paraísos que alimentan a gentes prescindibles, percheros de modelos pavorosos, donde no suelen faltar chanclas, riñoneras y mariconeras varias y el toque de las gafas de sol, que les confiere un gesto falsamente hiératico. No me gusta el chinchimpún de la canción de verano sonando a todas horas, ni las lecturas suaves de best sellers ni de novelitas falsamente históricas.
No me gusta llegar a un hotel y encontrar guiris y no guiris que jamás esbozan un saludo, que se adelantan con violencia para entrar en el ascensor, obviando las más elementales normas de urbanidad, que se atiborran en el bufé con una panoplia de diez helados después de haber engullido varios platos de entremeses, donde no falta el salami, las mantequillas, las cocacolas, pero luego toman el café con sacarina, que engorda menos.
En fin, que no me gusta el verano. Quizá porque a casi todo el mundo le gusta. Contradictorio que es uno. Pero al final haré lo que hace todo el mundo y pasaré unos días en la playa. Mientras tanto, desde el secarral, escucharé mis olas interiores y entraré remando en los sueños.
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