Miedos
Cada época, cada momento dispone de sus miedos propios. Unas veces racional, otras irracional, fóbico, el miedo es libre y circula libre, y cada cual lo siente y lo experimenta de maneras distintas. Hay miedos individuales y colectivos. El miedo a la muerte y a la degradación, el miedo a estar vivo, el miedo al paro y a las enfermedades, a la vejez y a la decrepidud, a ser dependiente. El hobbesiano miedo al desamparo. El miedo a la luz solar y a la oscuridad, a los espacios abiertos, a los espacios cerrados, a que el cielo se vaya a derrumbar, al estruendo del trueno, a la sirena que nos sobresalta con su estridencia. El miedo a las ratas y a las cucarachas, al tacto viscoso. Tal vez el miedo al cambio, a lo diferente y al desconocido que se acerca para pedirnos fuego. Miedo al próximo decreto gubernamental, el miedo a la carta con acuse de recibo de Hacienda, el miedo a la libertad, que nos contaba Fromm, el miedo a hacer el ridículo, a sobreactuar o a caricaturizarnos. El miedo escénico, el del torero que se juega la femoral, el miedo al miedo.
El miedo es inacotable, inabarcable, pero cambiante en el tiempo y el espacio. Siempre me llamó la atención que haya gente que puede dormir a pierna suelta en momentos de peligro real pero cuya cotidianeidad lo ha rutinizado, como sucede ante los tensos momentos precedentes al combate, o gente que tiene ganas de diversión mientras se mueve entre los escombros del último bombardeo. Cuando se convive con el miedo, el miedo se hace consuetudinario, se añade a la piel como una costra y aparece la necesidad de vivir el momento sin querer pensar en lo que deparará el mañana.
Los ámbitos del miedo han ido cambiando con el paso de los años. Cuanto más cerca está algo pavoroso, menos pavor produce. Así vivían los pompeyanos que se entregaban a una vida normal antes de la erupción del Vesubio, o el marinero que se hace a la mar en medio de la galerna, o el cuidador de enfermos infecciosos, o el escalador suspendido sobre centenares de metros de aire bajo sus pies.
Ahora, el miedo ya no llega de las grutas con dragones de aliento flamígero, ni de hidras de Lerna. El miedo está en un párking subterráneo y solitario con un fluorescente a punto de fundirse, en un callejón decorado por un enjambre multicolor de garabatos, en el aparcacoches ataviado de gorrilla y tatuajes que reclama su propina con un velo de amenaza. El miedo está en unos urinarios vacíos en una autopista nocturna, en un cajero automático cuando unos pasos se aproximan a nuestra espalda. El miedo es oír pisadas de madrugada en el piso superior, ahí donde hace meses se descubrió el cadáver putrefacto de un solitario inquilino. Y el miedo es, también, viajar. No sólo se trata del famoso miedo a volar o a navegar, sino a todo lo que hay antes. Los aeropuertos, por luminosos y maravillosos que parezcan, se han convertido en lugares inciertos, de estruendosa soledad. Desconocemos si habrá más billetes que plazas, ignoramos si el avión saldrá a la hora prefijada, nos desconcierta la arbitrariedad de los controles, nos preocupa saber si en el último momento cambiarán la puerta de embarque, y nos incomoda tener que luchar por nuestro asiento cuando algún listo que se hace el tonto lo ha incorporado a su espacio con la esperanza de que quedara vacío.
Sacudámonos el miedo, exploremos nuestras reservas de coraje, obviemos la angustia y movilicémonos ante el pavor que nos paraliza, armémonos contra las colectivas fantasmagorías, recurramos a nuestras habilidades más ocultas y no permitamos que el miedo decida por nosotros. Lo que tenga que ser será. Mientras tanto convenzámonos de la inutilidad del miedo. Y venzámoslo. Es posible.




Comentarios sobre Miedos
¡¡Miedo me das!!!!
Me gusta la foto!
Me acordé de ti, Lerna, cuando puse lo de la hidra.
Parece que estamos hechos a golpe de miedos, miedos que condicionan nuestra vida, que nos paraliza y que nos controla. Realicemos un ejercicio de coraje y venzámoslos pero, no los cambiemos por otros..