Luis R. Hurtado, In memoriam

Me habían hablado de Luis muchas veces y, sin conocerlo todavía y, sin necesidad de complicados cálculos, pude deducir que era un hombre singular con una vida llena de acontecimientos memorables.
Cuando hace un par de años tuve ocasión de charlar con él, pude comprobar que se habían quedado cortas todo lo que pude conocer a través de referencias de terceros. Era un hombre de hablar pausado, con una sabiduría y un conocimento de la vida fuera de lo común. Fue una plática larga e intensa, y lamento no haber grabado sus palabras, todo un tratado de historia. Seguía siendo apuesto a pesar de sus ochenta y muchos años, no había perdido la elegancia y sus ojos claros todavía transmitían una sensación de viveza. Su cabello blanco y abundante, que un día fuera rubio, se peinaba hacia atrás y recordaba la nobleza de los togados romanos.
Me habló de su puesto de escribiente durante su servicio militar en el Batallón Ciclista en la cárcel de Jaén, recién terminada la contienda civil, donde se hacinaban los condenados sumariamente por la justicia franquista y donde eran sistemáticamente torturados. Contaba que muchos presos fueron muertos por palizas de elementos externos, como falangistas y curas que parecían tener patente de corso para entrar en la cárcel, con la aquiescencia de los carceleros. Muchos reclusos murieron de de enfermedades tifus, disenterías, hambre,… Él era el encargado de configurar el estadillo donde figuraban los nombres de a los que tendrían que darles el paseo de la mañana, aunque muchos nunca llegarían a las tapias del cementerio de San Eufrasio. Antes se les volaban los sesos con un tiro en la nuca.
Habló brevemente de su relación con la resistencia antifranquista y la persecución de que fue objeto, por lo que tuvo que huir a la República Argentina como polizón en un barco que pudo coger en el puerto de Cádiz, con la policía franquista pisándole los talones.
En Buenos Aires tuvo que iniciar una complicada singladura. Tras muchas peripecias pudo obtener el permiso para establecerse como tipógrafo, con la intervención de Juan Duarte, Juancito, hermano de Evita Duarte de Perón.
Decía sentirse arrepentido de haber vuelto a España tras cincuenta años. No había tenido hijos y cuando los estragos de la vejez empezaron a mermarle las fuerzas se sintió invadido de soledad. Ha muerto en la residencia o asilo donde pasó el último año. La mujer que compartió su vida durante más de sesenta años no pudo asistir a su velatorio. Hace tiempo que su entendimiento se hallaba extraviado.
Adiós a un hombre bueno. Habría merecido un biógrafo que glosara su vida, pero su recuerdo se diluirá en el tiempo como el de tantos héroes anónimos. El tiempo que ejercerá su acción balsámica, porque nadie podría resistir la intensidad del dolor de alma, que sólo se cura con más alma, si no se atenuara con los calendarios. Es un arte difícil hacer «con las amarguras viejas blanco lino y dulce miel», pero también se sabe que es obligatorio. La distancia cronológica aliviará el sentimiento. Aunque sepamos que la edad no perdone, la persona que pasó a mejor o a peor vida, se fue a destiempo, sobre todo cuando desaparece alguien de vida tan singular y rica como Luis Ruiz Hurtado.
El destino eligió el 11S para su muerte; una fecha señalada. Luis Ruiz Hurtado no figurará en los libros de Historia, ni habrá lágrimas para todos los que van desapareciendo, pero los que tuvimos ocasión de conocerlo recordaremos a Luis mientras que nos reste un hálito de lucidez.



