La siega

Segador, Rafael Zabaleta 1941
Aunque ya la labor de la siega estaba mecanizada hasta donde me alcanza la memoria, siempre me ha gustado ponerle oído a las viejas historias de la gente de campo en las que me describían un trabajo de extrema dureza. Ahora nos hablan de lo peligrosas que resultan “las” calores, pero un hombre podía estar cincuenta o sesenta días segando en la campiña de Las Peñuelas, en el término de Úbeda, sin más sombra que la que le proporcionaba el ala de su sombrero de paja. Esa labor se realizó durante siglos sin apenas variantes.
Se formaban cuadrillas y un patrón de aquellos decía:
- Tengo cien cuerdas de trigo, ochenta de cebada y veinte de garbanzos. Os las pago a tanto y la olla.
La olla era el rancho caliente al mediodía y por la mañana migas. Para hacerlas el patrón tenía que proporcionar harina o pan para ser desmenuzado. No se aguantaría si no fuera por las calorías de las migas por la mañana y la olla al mediodía: garbanzos, morcilla, tocino,…, aunque algunas veces eran simples garbanzos viudos. Con suerte algo de gazpacho y por la noche los garbanzos sobrantes del mediodía, mareados con un chorro de aceite. La misma pitanza cada día. Se comía al sol de Julio; la sombra había que hacerla con los haces de la mies segada.
Se empezaba muy pronto por la mañana, antes de que saliera el sol y cantaran los pájaros. El que se enganchaba a trabajar después de las migas del almuerzo le descontaban un cuarto de jornal. A poco de empezar, todavía en ayunas, empezabas a beber agua, para no parar de echar sudor. Había que ponerse un pañuelo en la frente, cubriendo las cejas, porque si no el goteo te cegaba. Había que atarse una almohadilla con un piquito y por ahí chorreaba el sudor como si fuera un manantial de la mañana a la noche. En las noches de luna llena, se aprovechaba para avanzar en la tarea.
Cuando se secaba, la camisa se ponía como un cartón, del polvo y el salitre que había tragado. Había que dormir en el campo y había que arreglar la camisa para no se pusiera tan dura y te rozara en los sobacos. Con latas de los tomates en conserva un segador le tiraba a otro segador latas de agua por la espalda y así se quitaba el salitre. O si no, se mojaba bien la camisa y se estrujaba con cuidado para que al día siguiente estuviera suelta.
Como todos los trabajos, y también los del campo, segar precisaba habilidad y no todos valían. La costumbre era hacer haces de nueve manadas. La manada era un manojo de mies que tenía como un palmo de grueso y se ataba con una hozada de la misma mies y se dejaba en el suelo. Al lado se ponía otra, pero con la dirección invertida. Y cuando tenía uno nueve manadas, de las que había ido dejando mientras avanzaba en la siega, sacaba un ramal de esparto y ataba las nueve manadas, formando un haz de trigo. Cuando se hacían diez haces se paraba unos diez minutos para liar un cigarro, de la bolsa de tabaco y papel de fumar que se llevaba atada al cinto para que no se malograra con el sudor.
Los dedos de la mano izquierda había que protegerlos de la hoz con dos dediles, uno para el pulgar y otro grande para los demás dedos que se confeccionaban con cuero de zapato viejo. Al estar tantos días metidos en aquellos receptáculos, los dedos se volvían tan blancos que parecían de otra mano. En el la mano derecha, en cambio, había que sujetar un cuero, llamado manguito o mangote, desde el codo hasta el pulgar o el índice. Las espigas con sus raspas daban en el brazo, y si no se le defendía, se comían la camisa y la piel. Aquel cuero empezaba poniéndose brillante y acababa comido por la mies pero salvaba el brazo.
Cada segador tenía que comprarse su hoz y procurar que fuera buena. Tenían fama las de Écija y las de La Solana, provincia de Ciudad Real.
Después venía la barcina, que se trataba de recoger los haces de trigo o cebada y llevarlos a la era para hacinarlos y trillarlos, pero eso es otra historia.




Comentarios sobre La siega
La escucho,,,digo la otra historia
Gracias Josillau.