Día de difuntos
Ayer, Día de los Santos, adornamos tu nicho con flores. El día de San Juan de Dios, o, según un nuevo santoral Día de la Mujer Trabajadora, de hace tres años desapareciste del mundo de los llamados vivos, enterradores que alguna vez seremos enterrados y nos diluiremos en el tiempo. Pasaste a formar parte del “oscuro rebaño de las sombras”. Te recuerdo como siempre, animoso, trabajador, alegre. Hoy, Día de Difuntos, me permito resumir la carta que te dirigí en aquella ocasión para que tu llama siga viva en el recuerdo.
A mi padre muerto
¿Sabes, papa? En muchas cosas me parezco a ti. El vivir cada día era para ambos un ejercicio y una lucha constantes por equilibrar fuerzas invisibles, por vencer los miedos que acechaban desde los más recónditos resquicios de nuestro ser. Yo, como tú, soy un tipo escéptico, que desconfía de todas las verdades oficiales, pero añoro esa capacidad tuya para surcar con aire triunfal por aquel espacio físico en que te tocó vivir, ese microcosmos al que tan libre y orgullosamente vivías atado. Con tu razón o tu sinrazón, con tu tozudez y tu cazurrería eras libre a tu modo. No necesitabas de viajes ni de insersos para apurar cada sorbo de tu tiempo, no precisabas de ningún acicate para derramar sobre todos los que te rodearon y los que te amaron y te aman, como yo te amo, tu torrente de bondad, de bonhomía, de sencillez. Merecías que el mejor de los artistas glosara tu anónima personalidad, pero sin embargo aquí está tu hijo mayor con el corazón todavía ensartado, y con los ojos en lágrima viva, y no sabes con qué miedo, y no sabes con cuánto amor, porque creo, papa, que a ti te habría gustado que así fuera. Tenías un espíritu precioso, papa, como de luminosa porcelana, y una paciencia infinita, y una sencillez por la que corrían los caballos, y un amor por tu vida y por la de los demás que se encaramaba a las cumbres del viento para llover sobre las cosas menudas.
Te agradezco que me dieras la vida y que me dieras por cuna el campo, al que tú estuviste tan atado. No me habría gustado brotar en el asfalto, como un semáforo impersonal y enano. Las ciudades aturden el espíritu, tienen guiños excesivos para un pedazo de carne blanda. Me enseñaste lo que para ti era un arte: acariciar la tierra para extraer sus frutos (ahora comprendo mejor que nunca tus denodados esfuerzos). Apenas fuiste a la escuela, pero aprendí contigo a amar la tierra, y viendo como tú la mimabas y la manejabas y la cortabas como un cirujano, aprendí contigo “los primores de lo vulgar”, no necesitabas de la verborrea de tanto bobo ilustrado para demostrame lo que yo ya sabía: que eras un gran hombre, un surtidor de sueños, un pecho entero, un ángel fecundo, un clavel desbocado. Pero ahora que te llevo dentro, y ya no puedo discutir contigo sin herirme, lo sé más que nunca. Ay, papa, si hubieras podido recibir en un recipiente profundo el sincero dolor de tanta gente, y oír las palabras con las que te nombramos y te abrigamos en esa soledad tuya tan blanca y tan ardiente, y poblar las horas con que te devolvemos a la vida para que no la pierdas, para que no la pierdas del todo, ya me entiendes. Ay, si hubieras podido ver llorar a tanta gente sobre tu yerta sonrisa, gente marginal, que te amaba desde la discreta distancia. ¡Qué incomprensible que no estés ya aquí, que no puedas hacer de Tyrone Power en “El signo del Zorro”, ni de Errol Flynn en “El capitán Blood”, ni cantarme aquello de “Queipo el Borrachón”, ni apurar los restos de comida con tu insaciable apetito de hombre grande que tanto luchó para que ahora haya tanta gente que desprecie lo que tú no pudiste tener! ¡Qué terrible no poder revivir esos días lejanos en que me señalabas la Vía Láctea en el cielo nocturno de agosto, junto a los granados, acunado por el canto sincopado de los grillos!
Estamos revolviendo en el árbol de la memoria en busca de tus manos, esas manos grandes, rocosas y desgastadas. Estamos hurgando en nuestros más recónditos recuerdos, desnudando tus etimologías, intentando llenar el vacío que dejas en nuestras vidas. Te estamos recomponiendo en todos tus gestos, en todas tus caricias, en tu anecdotario, tantas veces escuchado, en tus viejos chascarrillos y en cualquier parte donde podamos sentirte y tocarte, y celebrarte hasta el agotamiento de nuestra sangre partida. Porque de ninguna manera queremos olvidarte, papa. «Hilaré tu memoria en la mañana», como tú hilaste mi vida. Ni mama, ni tu hijo Juan de Dios, ni tu hija Paqui, ni yo, ni nadie de ese casi universo de personas que te amaron permitiremos que cese tu rayo. Bendito seas también porque con esta muerte tuya tan urgente y certera, que duró lo que tarda en desplomarse un párpado y encenderse, en algún lado, otro fuego, hasta la ofensa de la agonía nos ahorraste. Como dice tu siempre querida esposa María, nuestra madre: “¡Pobretico!, hasta pa morirte has sío bueno”.




Comentarios sobre Día de difuntos
Con todo el respeto del que soy capaz, me uno a tu homenaje.
Gracias por tambien compartir esto.
esos difuntos ya no oyen ecleciastes 9:5 www.watchtower.org/yps manuel 3136011854
esos difuntos ya no oyen ecleciastes 9:5 www.watchtower.org/yps manuel 3136011854
esos difuntos ya no oyen ecleciastes 9:5 www.watchtower.org/yps manuel 3136011854
esos difuntos ya no oyen ecleciastes 9:5 www.watchtower.org/yps manuel 3136011854
Josi:
Una vez más, me apego a tu Esencia.
He vivido la vida de mi padre, asistiéndolo como si fuera mi hijo desde los doce años.
25 años juntos, era una sombra, pero estabamos tan juntos, que sé tu vibrar en cada letra que escribes.
Un día observé personas que caminan por la vida como si fueran difuntos...nadie los recordaría si dejaren de existir.
Y sigo observando que hay personas que se han ido corporeamente y han dejado su Espíritu en nosotros...están vivos, laten en cada gesto, cada sonrisa los evoca, cada acción que es reproducida una y otra vez en nuestros cuerpos...
Su Espíritu vive. Vive!
Nos acaricia el alma en la soledad del descanso, en la tristeza del recuerdo, se suma a nuestra sombra que camina cada día y se funden en un abrazo invisible, interior, en el eco del latir de nuestro corazón.
Me he quedado chorreando...O.o! No tengo palabras, pero nuevamente quedo extasiada por tu fluir narrativo...PreciSioso!¡¡Con gente como tú descubro lo que me queda por aprender!!