Árboles en otoño
Hemos llegado a mediados de otoño y parecía que el verano o veranillo se prolongaba indefinidamente, como queriendo hacer patente el sobado concepto de cambio climático. Da la sensación ahora que el primer frío hace su aparición definitiva y, bajo un sol tibio y a contraluz, me gusta contemplar la explosión de color que protagonizan los árboles y sus hojas.
Es ésta la estación del año en que los pintores de paisajes pueden mezclar todos los colores del arco cromático en su paleta. “Verdes lebreles místicos”, en expresión de Cernuda, los chopos se elevan en el fondo de los valles como enhiestas lanzas. Las cornicabras y lentiscos manchan de un rojo intenso las laderas del monte, los guindos, serbales, olmos y abedules lucen ahora sus cálidos colores entremezclándose en el verdor oscuro del bosque perennifolio.
He repasado mis viejos conocimientos de Botánica y he recordado cómo los árboles se despojan de su frondosidad para hacer frente al frío que augura el acortamiento de los días. La hoja, fuente de la vida, sintetizadora de azúcares y liberadora de oxígeno, es, mediante la transpiración, una gran derrochadora de agua. Existiría el peligro de la deshidratación del árbol al congelarse el agua contenida en el terreno y no poder ser absorbida por las raices. Así hibernan los árboles, viviendo pausadamente, aletargados. Y superan este periodo critico —el “sueño largo”, corno los pieles rojas solían llamar al invierno— en espera de la eclosión primaveral de sus yemas.
La caída de la hoja viene también estimulada por la disminución de las horas de luz, imprescindible para la fotosíntesis. En inviernos suaves, se puede observar cómo se mantienen verdes, durante largo tiempo, las hojas más altas de los árboles situados bajo una farola de la vía pública, por recibir un suplemento diario de luz.
¿Por qué las coníferas —pinos, abetos— no pierden sus hojas, siendo precisamente las máximas escaladoras alpinas’? Pues ni más ni menos que por la escasa superficie de limbo foliar de sus hojas en forma de aguja, que protege de tanto de la transpiración estival como de la tierra helada en invierno. Las hojas, que nacieron con un verde tierno, brillante en la primavera y han pasado por un verde oscuro durante el verano, experimentan la gran metamorfosis otoñal. El dominante color verde deviene en un conjunto de magnificas tonalidades doradas o anaranjadas, como en una apoteosis del ocaso. Al retirarse la clorofila se muestran en todo su esplendor los tonos anaranjados y amarillos, preexistentes en la hoja y que revelan la presencia de azúcares, los azúcares que la hoja acumula al transformar el almidón y que el árbol utilizará como alimento.
La circulación del azúcar se realiza por la noche. Al llegar las noches frías, aquéllas no pueden traspasar el azúcar fabricado al tallo que se acumula en el tejido foliar que origina la coloración rojiza. Cuanto mayor es el contenido en azúcares de la hoja, más vivos serán sus colores. La humedad ambiental tiene un papel decisivo en la paleta, ya que solamente en climas secos se obtiene un buen coloreado de las hojas. Un mismo árbol plantado en zona húmeda pasa el otoño sin pena ni gloria: sus hojas saltan del verde al marrón y caen. Por este motivo, los otoños menos lluviosos son menos espectaculares.
Los ígneos colores que engalanan los árboles, suavizados, forman también bellas alfombras sobre el suelo o el césped. Las hojas, al incorporarse al terreno, sirven para restituir parte de los elementos nutritivos que en su momento utilizaron. Se calculan en 20 millones las hojas que pueden desprenderse durante el otoño en una hectárea de hayedo.
También me deleitado con los caquis, palosanto lo llaman algunos, y los granados esparcir prospectos amarillos sobre la negra tierra, y he podido tocar la viña virgen en este momento en que sus enredaderas empiezan a enrojecer. Una gloriosa muerte para las hojas y un glorioso compás de espera para mis queridos árboles.




Comentarios sobre Árboles en otoño
¡¡¡hermosa lección!!! Como siempre genial este post... toda una apología de este otoño que se adentra en nuestros corazones. Los árboles están preciosos en esta estación.
¡Felicidades por el post!
He recordado viejas lecciones aprendidas y olvidadas en el baúl de los recuerdos. Nunca me ha gustado el otoño quizás por ser preparatorio del invierno, estación fea, fea y fea a más no poder. Pero reconozco que sus colores son especiales, aunque por estos lugares no se prodigan en demasía (tanto olivo tanto olivo es lo que tiene)
Llevo dias sin entrar y... ufff...