Alfonsín, luces y sombras
Cuando muere alguien se convierte en la encarnación de todas las virtudes. ‘Era una gran persona, todos lo querían, un gran ser humano’, proclama un coro de voces. Parecen querer sugerir, aun de manera involuntaria, que si el muerto no hubiese sido bueno su deceso no sería de lamentar, cuando la realidad es que toda muerte entraña una pérdida y un dolor, por pequeño, por sordo que sea.
Me vienen al recuerdo los grandes titulares periodísticos de la guerra de las Malvinas de 1982, originada por un dictador militar que suscitó en el pueblo argentino un patriotismo de charanga y se lanzó de forma alocada a la reconquista de la integridad territorial, que es algo a lo que suelen apelar los dictadores para desviar la atención de los problemas más acuciantes. La consiguiente derrota y la dosis de escarnio que tuvo que soportar el pueblo argentino supusieron el fin de la dictadura de Galtieri y el advenimiento de elecciones presidenciales libres que dieron el poder a Raúl Alfonsín de la Unión Cívica Radical.
Me recordaba a don Manuel de la Cruz, el médico de familia de mi infancia, con sus ojos brillantes y su poblado bigote negro. Su muerte hace pocos días ha disparado una inevitable competencia de ditirambos. No soy quien para negarle a nadie sus méritos, pero en este caso en particular me gustaría apartarme del coro de ángeles para recordar un daño grande que, a mi juicio, Alfonsín le legó al pueblo argentino. Al hocicar ante las presiones militares, pactar con los genocidas entre bambalinas y regalarles la impunidad, permitió un retroceso atroz en la causa de los derechos humanos.
Alfonsín propició una ley de punto final que disolvió la culpa de furibundos asesinos y torturadores en la sopa común de todos los argentinos, equiparando justos con pecadores.
Y todavía hizo algo incluso más peligroso. A pesar de haber sido consagrado por la mayoría de los votantes, en la hora de la crisis no confió en ellos. Prefirió negociar a espaldas de la gente, como un típico político de comité, en lugar de reclamar su apoyo cuando más necesario era. Desde entonces suena amarga la frase ‘Felices Pascuas’, que pronunció para enviar a sus incondicionales a casa, cuando habían acudido en masa a apoyarlo en la porfía con los genocidas.
La débil democracia argentina (débil por muchas razones además de por ésta) es más frágil aun desde que fijó en el imaginario de la gente que los gobernantes seducen a los votantes antes de votar y después, a los primeros vendavales, se bajan los pantalones delante de los otros poderes fácticos –el dinero y la fuerza- acomodándose a sus conveniencias. Eso no es democracia, es gobierno al mejor postor.
En la hora de la muerte de una personalidad como Alfonsín, no regatearé en el reconocimiento de sus méritos indudables, pero además de sumarme a las beatificaciones huecas, me gustaría hacerlo asimismo al recuerdo de las asignaturas que dejó pendientes.




Comentarios sobre Alfonsín, luces y sombras
vaya que pena que se haya muerto esa gran hombre que hizo tanto por argentina