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Vagabundos

por Josillou
jueves, 26 de enero del 2012 a las 00:40
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Alguna vez he visto a vagabundos que rebuscan en el contenedor azul en busca de libros. Ese amor por la palabra impresa puede que les venga por tener una cultura extensa: algunos puede que tengan una dicción correcta y una oratoria bien templada Siempre me pregunto por la vida de estos vagabundos que te encuentras jalonando con sus carteles el camino hacia el centro de la ciudad, en las esquinas y en las puertas de las iglesias, casi siempre tirados en el suelo mostrando sus muñones, pero a la vez, a veces, leyendo alguna revista o resolviendo algún sudoku o algún crucigrama blanco con un lápiz y una goma, denotando cierta sensibilidad hacia la palabra escrita. Quizá antes de caer en la indigencia fueran profesores de matemáticas, o peritos mercantiles, o jefes de ventas, o maestros fresadores, o sexadores de pollos. Cualquiera sabe.

Quedo pensando sobre cuál es la historia que hay detrás de estos vagabundos. Imagino que detrás de cada uno de ellos hay un fracaso: un fracaso laboral, sentimental, familiar, social. Pero también tiene que haber algo más. Porque uno no se convierte en vagabundo de la noche a la mañana. Antes tiene que hacer una especie de adaptación: la primera noche en el piso de un amigo, luego la primera noche en una pensión, y luego la primera noche en el banco de un parque, a la intemperie, hasta llegar a la primera noche en la calle, cubierto con un saco de dormir mugriento y acompañado por un perro, primero en las noches cálidas de verano, luego en los fríos inviernos, resguardándose en los cajeros de los bancos. Cada periodo exige unos plazos, incluso un cierto ritual.

Y lo que me intriga es saber qué fue lo que desencadenó todo el proceso. ¿Fue el día en que ese hombre se quedó en paro? ¿O fue un fracaso sentimental? ¿O el alcohol? ¿O una mentira que no supo fingir? ¿O más bien fue una mentira ajena que no supo soportar y que le hizo abandonar su casa? Imposible saberlo. Quizá todas estas posibilidades actúan a la vez. O quizá no haya una razón concreta, y uno, un buen día, sin una razón especial, cruza la acera por donde nunca la había cruzado, y ya no vuelve a su casa, y a partir de ese momento inicia una vida que no tiene nada que ver con la suya.

Si uno lo piensa bien, no hay nada más fácil que convertirse en un vagabundo sin familia, ni casa, ni ocupación. La vida normal, la vida en la que uno acepta unas comodidades a cambio de unas responsabilidades, y está dispuesto a llevarlas a cabo -y a pagar un alto precio por ellas-, es una tarea que exige un esfuerzo muy importante, y para el que no todos están preparado. El simple hecho de repetir la rutina diaria, de ir al trabajo, de volver a tu casa, de hacer las camas, de preparar la comida, de tener paciencia, constituye en sí mismo un milagro inexplicable. Y no todo el mundo consigue realizarlo. Y mucho menos en una época en que las perspectivas laborales pueden diluirse de un día para otro y dejarte sin nada para hoy y sin perspectivas de mejorar para el resto de tus días.

Se compra oro

por Josillou
miércoles, 18 de enero del 2012 a las 22:18
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A veces me dan por la calle octavillas en las que se anuncia la compra de oro. Antes solo lo había visto en grandes ciudades, pero ahora aparecen en cada pueblo, en los centros urbanos y zonas comerciales de las ciudades, como las setas en los otoños lluviosos. Multitud de locales comerciales han abierto sus puertas, anunciando con el color áureo en sus carteles que compran, pagando al contado oro, joyas, diamantes.

Trabajos duros y elementales, como eran aquellos que pude ver en mi infancia, en que la gente buscaba comer cada día buscando en el campo cardillos de olla, espárragos o haciendo “candela” con las “charrabascas” y los chaparros. Negocios de supervivencia,  herederos de los viejos montes de piedad donde se empeñaban los objetos más variopintos y que sirvieron para aplacar en alguna medida las terribles hambres de la postguerra. Cuando la crisis económica, la lacra incesante del paro y la desesperación de quien nada tiene golpean con saña, florecen este tipo de negocios.

Ha vuelto el oro como patrón refugio, cuando, muerto Dios, el hombre se sentía centro del mundo y empezó a levantar falsos dioses, algunos con el mismo oro con el que se construyó el becerro bíblico. Ha vuelto el oro como compendio espurio de todas las burbujas. El oro, nueva burbuja que los especuladores han amasado, para volver a arrobar a los incautos con los destellos refulgentes de la cultura obscena del lingote.

Ha vuelto el oro, tesoro secreto de los pobres que en su joyero vacío conservan la vieja alianza de la madre muerta junto con un par de pendientes portadores de un rubí bermellón que en su día hizo guiños al sol y fueron motivo de risas y besos. El oro que se tiene que vender para pagar la letra mensual de la hipoteca, para llenar la nevera, para evitar que te corten la luz, el oro que ampara la usura y la desvergüenza, toda una vida con su memoria de los días prósperos que cabe en un puñado de euros.

Compro oro, como quien compra diamantes de sangre, compro oro y pago al contado en una ceremonia de difícil evaluación fiscal. No solo el petróleo es oro negro. Signo de los tiempos, señales que preceden al Apocalipsis que dictan los mercados, enigmáticas manos que mecen la cuna de todos los desastres.

Compro oro, el oro de los pobres y de la pobre clase media, cada vez más demediada. Como cuando se escondían las viejas onzas en las vigas de las casas campesinas, por si había que atajar alguna necesidad o un problema de salud, o pagar el viaje a la emigración.

Ojalá no tengamos que vender nunca el oro familiar ni tener que dirigirnos a estos compradores de oro que juegan con la desgracia de la gente. En mi caso, a falta de oro de metales áureos, siempre me quedará el oro del Siglo de Oro, en forma de palabras, o el que se desliza por los caminos en otoño, el oro viejo y vegetal de las caídas hojas doradas de los chopos, los verdes lebreles místicos, que escribía Cernuda.

¿Cuándo va a llover?

por Josillou
jueves, 12 de enero del 2012 a las 00:10
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He olvidado ya la última vez que vi llover. Creo que a muchos otros pasará algo parecido, tanto tiempo hace que el cielo no quiere regalarnos ni una gota de esa riqueza que es el agua en forma de lluvia.

Duda inquietante, hamletiana, de quitar el sueño, vamos y conste que no soy propietario de campos de cultivo ni de otra clase, aunque sí recuerdo a aquellos hombres de campo que habían construido un corpus cultural del tiempo con observaciones, refranes de todo tipo y respetaban sin reservas la autoridad del Almanaque Zaragozano. Y sin olvidar aquella complicada trama de cabañuelas, retornas y canículas.

 ¿Cuánto tiempo más va a hacerse esperar la lluvia? ¿Cuándo llovió por última vez tras aquella fantástica otoñada que tiñó los campos de verde esperanza? Buenas preguntas para conversaciones de ascensor

Una pregunta más, la de que si habrá que organizar algún fasto o sacar alguna virgen milagrosa para que las isobaras se alíen y expulsen al sempiterno anticiclón y la borrasca habite entre nosotros. Cansa ya ver tanto cielo añil y tanto huevo frito en los mapas del tiempo. Y otra más, ¿se hará esperar la lluvia a que suenen las cornetas y retumben los tambores o aguardará a que salga el primer morlaco por los toriles de los templos taurinos?

Dudas tremendas y la lluvia que no llega para reponer reservas y para limpiar una atmósfera que ha tiempo que se la echa de menos, con los microorganismos contaminantes sacando músculo.

Si llega, que ya empieza a dudarse, habrá gente que bramará por los charcos que convierten a esta ciudad en lacustre. Prometo no hacerlo, aunque algún paso quede sin salir y alguna romería sin lucir en todo su colorido.

¿Cuándo llovió por última vez? Por lo menos yo, no lo recuerdo.

La cuesta

por Josillou
domingo, 08 de enero del 2012 a las 11:15
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Cuando se apagan las escasas luces de las Navidades enero inicia la clásica cuesta que se espera dure todo el año. Acaba el espejismo buenista de deseos salutíferos y se manifiesta con toda su crudeza el desánimo colectivo que hace tiempo empezó a arraigar en la sociedad de este país.

 Volvemos a donde solíamos, nos creímos nuevos ricos, nos engañaron conscientemente, nos asomamos a una ventana desde donde se divisaba el paraíso, pero solo era un decorado de cartón piedra que duró una década, después nos dieron con la vara de de los mercados en los nudillos, nos castigaron contra la pared, y una legión de parados se fue multiplicando a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Agoreros de toda suerte y pelaje anunciaron la ruina y sus intensidades, el calibre de la desolación y su dimensión temporal. El feliz 2012 se nos aparece como un año baldío en donde la crisis económica seguirá galopando sobre nuestro desánimo.

El nuevo gobierno sacó el látigo fiscal de múltiples colas, incumpliendo sus recientes promesas y transformó a sus preparadísimos y alopécicos ministros en mensajeros de infaustas nuevas, heraldos negros de catástrofes por venir, como si no fuera suficiente con agencias de calificación o primas de riesgo.

Y claro, como no podía ser de otro modo, castigo a los de siempre. Los de siempre tendremos que cargar con errores ajenos: aeropuertos sin aviones, autovías sin coches, tranvías que se oxidan en vías muertas, circuitos de fórmula uno, auditorios faraónicos sin auditores, flotillas de audis tuneados a gusto de las posaderas del político de turno, orgía autonómico-burocrática-municipal.

Tras la traca de Reyes aflora la necesidad apremiante de desmontar la Navidad. De repente, en pocas horas, toda la decoración de las pascuas parece fuera de lugar, esos renos de madera en los anaqueles o las figuritas sobre la tierra de serrín de los belenes,  de pronto resultan fatuos e inexplicables.

Cuando ya se ve comenzar la cuesta de enero y los días de colegio, las dietas forzadas y las estadísticas del paro, los decretazos en el BOE y la retórica de la realidad, de repente parece ridículo todo este despliegue de luces y purpurina, los ángeles tocando a gloria, los papanoeles trepadores de los balcones y las estrellas con colas de leds en las terrazas. En apenas unas horas, todo lo que encajaba ya no encaja. La Navidad es algo tan delirante que sólo puede entenderse en Navidad, bajo el delirium tremens de las fiestas.

Acabaron las navidades, se barren los papeles de caramelos que arrojaron desde sus atalayas rodantes los reyes magos y se apagaron las luces. Llegaron los días de rebajas, de juguetes averiados, y de poner un stop a la alegría. Como siempre. Solo que este arranque de año bisiesto, con sus cielos tremendamente azules, sin una nube que empape los campos resecos nos dicen que empezaremos a saber lo que lo que vale un peine, con los eufemísticamente llamados recortes haciendo estragos en nuestras haciendas.

Se acabaron ya los grandes fastos con los que nos hemos anestesiado en estos días de luminarias y de esquivar a la realidad. Pasó el tiempo de turrón y clásica cuesta se augura empinada como nunca.

 

Carta a Melchor

por Josillou
miércoles, 04 de enero del 2012 a las 15:39
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Todo lo que pido está dentro de ti, para que no tengas que revolver en montañas de objetos. No tengo en esta ocasión ni palabras, ni tinta, ni sobre, ni sello que franquee esta carta al lugar lejano donde resides. Esta vez escribo directamente, osado e intrépido, hablando cara a cara contigo. Confieso que siempre fui de Gaspar y Baltasar, quizá porque veía en ti tanta munificencia y grandeza que no sabía rogar, pedir, reclamar cada enero lo que tanto necesitaba. Pero hoy, por fin, puedo mirarte de frente, rey grande que todo lo puedes.

Llego a casa llevando, a mi pesar,  la imagen de hombres y mujeres, circunspectos, de rostros más húmedos que el llanto, colgados del contenedor negro de los residuos del supermercado, como náufragos. Traigo en los ojos la tristeza de ser, de ser humano. Por eso, te repito, escribo esta carta solo para ti, Melchor, yo que siempre había escrito para los otros Reyes Magos.

Pido salud para todos los que quiero. Los que enviaron mensajes de amistad y gozo por fin de año y no les contestaste, tengo que decirles que no lo tengan en cuenta, que hay algunos finales de año que todos deberíamos borrar de la memoria. Tráenos también, si es posible, el don de la alegría.

Pido que la palabra crisis salga de los diccionarios y que, de paso, lleve con ella otros sintagmas que censuro y lamento: demagogia, paro, discurso, hipocresía, mentira.

Pido que haya caricias, aunque puedo comprender que las ignoren esos que de caricias van sobrados. Pido besos, abrazos, gentes que me saluden y a quienes devolver el saludo con una sonrisa. Pido tomarme un cóctel con la luna, ahora que llevo mucho tiempo sin hablar con la luna. Pido que las mujeres que más quiero sigan mirándome con ojos  de luz.

Pido que llueva trigo, ahora que solo llueven desahucios. Quiero ver arroyos de vino y miel, de gintonic de neón, quiero ver cafés compartidos  a la hora de las despedidas. Pido amigos. Pido un tren que borre melancolías cuando pase a nuestro lado.

Que los agoreros no nos vengan con pésimas noticias. Que crezcan los que quieren crecer. Que tengan paz los que quieren sosiego. Que los que quieran amar puedan amar y sean amados los que desean ser amados. Que viva la esperanza. Que muera el fracaso. Que 2012 nos levante.

Que vivamos, Melchor... que vivamos.

 

Flores de Pascua

por Josillou
miércoles, 28 de diciembre del 2011 a las 11:36
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Mucha gente se trae de los supermercados, de las floristerías o de los Chinos, que tienen de todo, una Flor de Pascua (Euphorbia, Poisenttia, Pulcherrima), originaria de Méjico, que es conocida también como estrella de Navidad, pues es en estas fechas cuando alcanza su floración máxima, adornando con esplendor casas y jardines.

Pulcherrima es una palabra latina, superlativo absoluto irregular, que significa la más bella, por el color rojo intenso que adquieren algunas de sus hojas en esta época del año. En realidad no son las flores las que son rojas, sino las hojas que rodean a unas flores formadas por pequeñas vainas amarillas, con negros estambres que salen del centro. Pulquérrimo también existe en castellano, aunque es superlativo de pulcro.

 En este tiempo cercano a La Navidad, la vida sigue floreciendo casi imperceptiblemente; son muchos los árboles de hoja caduca, demasiadas las flores que están a la espera de otra primavera. El intenso frío del invierno va extendiéndose por el hemisferio norte de la Tierra.

Poca lluvia hemos tenido este año, aunque sí el frío desangelado de días con sol y noches sin nubes que alientan las heladas, mientras los campos se vuelven yermos. Se ansía el calor de hogar -en su más amplio sentido-, pero son muchos, demasiados, los que, por una causa u otra, carecen de él. Tampoco son pocos los que no tienen medios ni para cubrir las necesidades básicas de subsistencia.

Vivimos, no está mal recordarlo, en un tiempo marcado por una profunda crisis económica. Probablemente pensemos que apenas podemos hacer nada con nuestra aportación (sea grande o pequeña) pues a simple vista, el panorama es desolador. Aunque siempre podemos aportar nuestro trabajo o nuestra aportación económica, aunque parezca un grano de arena en un inmenso desierto.

Un año más estamos en Navidad y vemos que nuestro reloj biológico hace ya que percibamos mucho más presuroso el paso del tiempo que cuando éramos niños y parecía un mundo el tiempo transcurrido entre dos navidades. Entonces todo parecía más ancestral y genuino y todo parecía inamovible. La monotonía y los años acumulados hacen que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama.

A pesar de que no participo de la alegría impuesta e impostada, puedo ver cómo la aldea global nos trae además de ruina global toda suerte de frutas, verduras y plantas como la Flor de Pascua. Hasta los gestos más pequeños a favor de los más necesitados, cubren con su generosidad la pobreza, rodeándola, al igual que ocurre con las Flores de Pascua con muchos otros gestos e iniciativas de entrega y cariño, de trabajo y renuncia, de aportación económica, alimentos, ropa, juguetes…

Y respeto profundamente a los que viven de forma especial un tiempo marcado por la gran esperanza de La Navidad. Innumerables luces -de LED que son las que menos consumen y de los más variopintos colores- brillan adornando calles y plazas de pueblos y ciudades. Se ve gente deambulando de aquí para allá, distraída y entusiasmada con la algarabía callejera. Felicitaciones y sonrisas. Alegría para todos.

Muy bien, pues felicidades y Feliz Navidad para todas las personas de buena voluntad que han puesto una Flor de Pascua en sus vidas. Y a las que no, también. Y muchas gracias por las felicitaciones que, con vuestra mejor voluntad, me enviáis.

La comadrona incrédula. Apuntes para una tabla de Robert Campin (1375-1444)

por Josillou
jueves, 22 de diciembre del 2011 a las 15:14
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Existen muchas cosas curiosas relacionadas con los Evangelios Apócrifos, es decir, los escritos surgidos en los primeros siglos del cristianismo en torno a la figura de Jesús de Nazaret que no fueron incluidos posteriormente en el canon de la Iglesia católica, ni fueron aceptados tampoco por otras Iglesias cristianas históricas.

Relacionado con esas fuentes apócrifas, el episodio forma parte de una serie de "pruebas" para demostrar la virginidad de María. Debido a su condición física insólita ha despertado la curiosidad de artistas y aficionados.

El relato detallado de la Natividad en el Protoevangelio de Santiago incluye un episodio marginal que tiene cierta difusión en el arte pero que a menudo no es reconocido, a pesar de que en algunos casos hay textos muy explícitos.

Para ayudar a María en el parto, José va a buscar una comadrona, que llega cuando Jesús ya ha nacido. La comadrona se da cuenta de la virginidad de María y eleva un himno prodigioso del Salvador de Israel.

Corre a llamar a una amiga, Salomé, que no quiere creer que una virgen haya engendrado un hijo. Al llegar a la gruta de la Natividad, Salomé anticipa a santo Tomás al afirmar: "Como que Dios existe, si no pongo el dedo y escruto en su naturaleza, no creeré". 

Extendió su mano hacia María, pero de inmediato la mano se secó y paralizó. En ese momento Salomé pidió perdón; acudió un ángel, que le aconsejó acercarse al Niño y tomarlo en brazos; la incrédula arrepentida realizó el amoroso gesto que le proponía el ángel y se curó.

 

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Robert Campin, La Natividad, h. 1425, Musée de Beaux-Arts, Dijon.

 

En este cuadro, exponente del estilo flamenco de la pintura gótica, podemos señalar, entre otras, las siguientes curiosidades:

1) En la parte superior izquierda, el sol naciente encarna en una imagen perfectamente realista la compleja simbología de la luz, que aparece en el Protoevangelio de Santiago, característica de la pintura flamenca del siglo XV.

2) El ángel propone a Salomé el modo de curarse: "Toma al Niño y te curarás".

3) La comadrona incrédula, llamada Salomé (hacia la mitad derecha de la tabla) quería verificar la virginidad de María. En la cartela está escrito: "Creeré solo lo que haya tocado", pero la mano se tiende paralizada.

4) La presencia de los pastores y de los ángeles que cantan el Gloria denota la combinación de tres momentos diferentes: la verdadera Navidad, la Adoración de los pastores (tema predominante) y la historia de la comadrona incrédula. Mientras los dos primeros son recurrentes, el tercero, en cambio, no es demasiado frecuente. Los tres episodios se muestran juntos, en un único panel, con lo cual, no sólo se entremezclan las fuentes que inspiran la obra sino los propios episodios narrados, subrayando esa idea de yuxtaposición de elementos.

5) Según reza la leyenda de la cartela, la primera comadrona (abajo a la derecha) queda asombrada: "Una virgen ha dado a luz un hijo".

 

Comidas navideñas de empresa

por Josillou
lunes, 19 de diciembre del 2011 a las 02:00
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Siempre he manifestado mi aversión a la Navidad, a su ñoñería, a sus lugares comunes, y a uno de sus costumbres impuestas desde hace no demasiados años como son las comidas de empresa (ya se sabe: “En estas fechas tan señaladas…” y bla, bla, bla).

Es comprensible que para la hostelería sea un modo de cuadrar las cuentas, capitidisminuidas por la crisis que no ceja, pero para una parte apreciable del resto de la humanidad puede ser un tormento digno del Museo de la Tortura. Son grandes rollos sin parangón: el amigo invisible, la obligatoriedad de ser felices, vuelve a casa por Navidad, el turrón, las uvas, el belén, el abeto, las cenas familiares con los cuñaos, la iluminación extraordinaria, las compras, ¡Papá Noel!, los Reyes Magos. Un suplicio que empieza a vislumbrarse ya recién iniciado el otoño cuando alguien te ofrece lotería de Navidad con un módico 25 por ciento de recargo, y que acaba con las rebajas de enero.

Se habló del puente de la Consti y la Conce y de la parálisis que supone cada año en la marcha económica, pero en realidad todo este mes y parte del próximo es ese periodo tonto en el que nada avanza y nada se puede hacer. Es el mes del buenismo: todos felices, todos nos queremos mucho, todos nos deseamos una larga suerte de deseos maravillosos. Eso sí, con España parada, para que luego los alemanes se quejen de que no trabajamos.

A mí los Reyes Magos quizás me parezcan de las costumbres menos malas de todas las que se dan en la Navidad, sobre todo para el que tenga hijos menores de 10 años. Aún así me llama la atención la gente que son unos malvados en sus trabajos y se revisten los ropajes de Rey Mago: gente que maltrata a sus empleados o a sus subordinados durante unos días reparte ilusión y bondad. Por no citar comportamientos peores que muchos tendrán en la cabeza. Paradoja de las fiestas.

Y volviendo a las comidas de empresa por Navidad pues decir que todos somos buenos, que todos nos queremos mucho, pelillos a la mar, todas las desavenencias y los malos rollos procuraremos quemarlos con la llama de una vela perfumada y rodeada de acebo. Compañeros que se detestan hacen como si no pasara nada, y lanzan sus brindis y todos sus avíos. Y todo suele transcurrir lugares atestados de gente donde te  ponen de comer rancho cuartelero en grandes platos con una pizquita no mucho mayor que una cagada de mosca en el centro a precios de El Bulli.

Al final todo lo que digo es pataleo puro y duro, porque para no ser aguafiestas no tengo más remedio que entrar por el aro, así que me uniré a los brindis por la paz y el amor y nos reiremos con el chiste malísimo que nos cuenta el individuo que tenemos al lado. Hipócrita que es uno.

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Dos "lunas" en el cielo (Anónimo)
Yo sone con dos lunas una mas enfrente que la otra, pero tambien ppodia ver a marte en otra aria ......(25 ene)
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  Dudo que exista alguien que quiera comprarlos. Ahora resulta que todo el discurso propagandístico ......(20 ene)
Se compra oro (wiwi)
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