
Con las privatizaciones, que el gobierno del PP hizo extensivas a las mejores empresas estatales, vinieron las reducciones drásticas de plantillas en los años 90 y primeros 2000. Con el eufemístico nombre de prejubilación, de desvinculación y denominaciones por el estilo se despedía inmisericordemente a los trabajadores de poco más de 50 años, con la aquiescencia de empresa, sindicatos y gobierno, a través de su Ministerio de Trabajo.
Se decía que era beneficioso para todos: para la empresa porque se desprendía de una plantilla madura y poco preparada “para afrontar el cambio tecnológico que se avecinaba”, como si por el mero hecho de cumplir 50 años lo vuelva a uno tonto, o por lo menos más tonto de lo que era con 49; para el trabajador porque con una renta más o menos apañada podría dedicarse a “vivir”, eso del “ocio creativo” y demás zarandajas salidas del caletre del sociólogo de guardia; para el Estado porque al tener que jubilarse antes de la edad reglamentaria, el trabajador ve notablemente mermada su pensión.
Son muchos años de mentiras y más mentiras. Todos sabemos que para las empresas la experiencia acumulada es un lastre, aunque desde las tribunas se siga diciendo que no se puede prescindir del capital humano y bla, bla, bla. Sólo en Telefónica, el anterior presidente y amigo de Aznar, Villalonga, y al actual Cesáreo Alierta, considerado modelo de gestor, han recortado la plantilla en 50,000 personas en 10 años, que se dice pronto. Se apelaba a todo lo anterior y también a que la nueva tecnología necesitaba menos brazos, pero no se hablaba de la continua externalización, palabro salido del bárbaro barbarismo outsourcing. Es más barato tener trabajadores subcontratados con sueldos de hambre que una plantilla con unos derechos consolidados.
Y no me vengan con cuentos de que todo ha sido voluntario. Muy pocos dejan de trabajar de forma voluntaria, dejando en el camino todo un cúmulo de experiencia, de formación y un puesto conseguido muchas veces a base de innumerables sacrificios, de estudios, de duras oposiciones, perdiendo de paso una buena cantidad de sus emolumentos. Lo reitero, mentiras y más mentiras de charlatanes sin escrúpulos que nunca se han preocupado de preguntar a los afectados y enterarse de una puta vez de cosas de las que hablan y hablan sin conocer nada. ¿Qué saben ellos de las depresiones, de las rupturas matrimoniales, de las perdidas de autoestima de los trabajadores que en una edad temprana se vieron expulsados al ostracismo? O a lo mejor sí lo saben, pero en el culmen de su encanallamiento procuran guardar silencio.
Por eso, cuando se habla de aumentar la edad de jubilación a los 67 años y que las prejubilaciones se tienen que acabar apelan de nuevo al desperdicio de capital humano, no tengo por menos que sentir hastío por una canción que ya me conozco de carrerilla. Palabras hueras. Como este país se es incapaz de crear empleo, obligamos, que no incentivamos, a los trabajadores a jubilarse dos años más tarde; como somos incapaces de encontrar medidas que rompan la dinámica brutal de la destrucción de empleo, obligamos a los que lo conservan a soportar todo el sistema durante más tiempo de su vida laboral impidiendo el acceso al mercado de trabajo de otros colectivos muy duramente castigados por el paro.
No nos engañemos, ni el Gobierno está interesado en un colectivo de trabajadores mayores, ni los empresarios están interesados en contratarlos porque estos profesionales son "incómodos", reclaman sus derechos más que otros colectivos, protestan ante situaciones injustas, pretenden conciliar su vida laboral y personal y no están dispuestos a hacer jornadas interminables sin que se les remunere adecuadamente. Ellos no provocaron la crisis, pero son los que más la sufren, como siempre.
Sin sonrojo se volverá a decir, por supuesto, que no están preparados para afrontar los nuevos retos tecnológicos, que se reciclen, etc. Está claro, la medida de la jubilación a los 67 años solo afectará a los que tienen trabajo, que cada vez son menos. Los demás tendrán que sobrevivir de milagro dos años más. De paso a ver si se arregla algo la caja de las prestaciones, de la que con tanta alegría se ha venido usando por parte de esos gestores tan populistas y tan generosos hacia los “menos favorecidos”, y darse de paso un baño de multitudes.
Mientras tanto se habla bizantinamente del sexo de los ángeles, de patrias y banderolas, de lenguas vernáculas, de miembros y miembras, de cursillos sobre la masturbación. ¡Trabajen de una puñetera vez y arreglen el problema o váyanse al parque a calentar bancos o la cola del paro, como tantos otros a los que con su ineptitud han mandado a la desocupación más abyecta!