Vagabundos
Alguna vez he visto a vagabundos que rebuscan en el contenedor azul en busca de libros. Ese amor por la palabra impresa puede que les venga por tener una cultura extensa: algunos puede que tengan una dicción correcta y una oratoria bien templada Siempre me pregunto por la vida de estos vagabundos que te encuentras jalonando con sus carteles el camino hacia el centro de la ciudad, en las esquinas y en las puertas de las iglesias, casi siempre tirados en el suelo mostrando sus muñones, pero a la vez, a veces, leyendo alguna revista o resolviendo algún sudoku o algún crucigrama blanco con un lápiz y una goma, denotando cierta sensibilidad hacia la palabra escrita. Quizá antes de caer en la indigencia fueran profesores de matemáticas, o peritos mercantiles, o jefes de ventas, o maestros fresadores, o sexadores de pollos. Cualquiera sabe.
Quedo pensando sobre cuál es la historia que hay detrás de estos vagabundos. Imagino que detrás de cada uno de ellos hay un fracaso: un fracaso laboral, sentimental, familiar, social. Pero también tiene que haber algo más. Porque uno no se convierte en vagabundo de la noche a la mañana. Antes tiene que hacer una especie de adaptación: la primera noche en el piso de un amigo, luego la primera noche en una pensión, y luego la primera noche en el banco de un parque, a la intemperie, hasta llegar a la primera noche en la calle, cubierto con un saco de dormir mugriento y acompañado por un perro, primero en las noches cálidas de verano, luego en los fríos inviernos, resguardándose en los cajeros de los bancos. Cada periodo exige unos plazos, incluso un cierto ritual.
Y lo que me intriga es saber qué fue lo que desencadenó todo el
proceso. ¿Fue el día en que ese hombre se quedó en paro? ¿O fue
un fracaso sentimental? ¿O el alcohol? ¿O una mentira que no supo
fingir? ¿O más bien fue una mentira ajena que no supo soportar y
que le hizo abandonar su casa? Imposible saberlo. Quizá todas
estas posibilidades actúan a la vez. O quizá no haya una razón
concreta, y uno, un buen día, sin una razón especial, cruza la
acera por donde nunca la había cruzado, y ya no vuelve a su casa,
y a partir de ese momento inicia una vida que no tiene nada que
ver con la suya.
Si uno lo piensa bien, no hay nada más fácil que convertirse en
un vagabundo sin familia, ni casa, ni ocupación. La vida normal,
la vida en la que uno acepta unas comodidades a cambio de unas
responsabilidades, y está dispuesto a llevarlas a cabo -y a pagar
un alto precio por ellas-, es una tarea que exige un esfuerzo muy
importante, y para el que no todos están preparado. El simple
hecho de repetir la rutina diaria, de ir al trabajo, de volver a
tu casa, de hacer las camas, de preparar la comida, de tener
paciencia, constituye en sí mismo un milagro inexplicable. Y no
todo el mundo consigue realizarlo. Y mucho menos en una época en
que las perspectivas laborales pueden diluirse de un día para
otro y dejarte sin nada para hoy y sin perspectivas de mejorar
para el resto de tus días.




