Tàpies, universal
La verdad sea dicha, nunca conseguí que me gustara Tàpies. Yo lo intentaba con ahínco, pero mi escasa sensibilidad me dejaba un poco in albis ante sus obras. Una vez, después de una visita al Reina Sofía y contemplar tantas obras de vanguardia, dudé ante una silla desvencijada. Era el asiento del conserje, pero llegué a pensar que se trataba de una obra maestra de algún postmoderno de última hora, quizá algo de Chillida, dado que salía de la sala de este artista.
Sin embargo Antoni Tàpies, un artista de proyección
internacional, es referencia obligada del arte del siglo XX: una
potente voz de la modernidad, cuando ésta estaba a punto de
buscar otros territorios en el arte. Su obra -y su pensamiento-
dan por eso mismo un notable testimonio de las ambiciones
modernas y también de las limitaciones de esos ideales.
Catalán y catalanista, aún adolescente ayudaba a su padre, que
trabajaba para la Generalitat en temas relacionados con la
imagen. Eran los años de la Guerra Civil y Tàpies nunca
abandonaría las propuestas democráticas de los
vencidos.
Fue un autodidacta. Comenzó a estudiar Derecho, aunque hubo de
interrumpir los cursos a causa de una enfermedad que le obliga a
largos meses de reposo. En el forzado descanso, simultanea la
lectura con el dibujo. Si algunos de los autorretratos de esos
años recuerdan a Picasso, los rasgos del dibujo que hace de
Teresa, más tarde su mujer, tienen la limpidez del trabajo de
Ingres. No abandonará su entusiasmo por Picasso, pero pronto se
une a quienes, con Joan Brossa, tratan de hacer resurgir el
surrealismo en Cataluña. En 1948 se une al grupo Dau al
Set y comienza a pintar cuidados y misteriosos paisajes
que recuerdan a Max Ernst.
Pero una beca concedida por el Quai d'Orsay, el Ministerio de
Asuntos Exteriores francés, cambiará sus perspectivas. Llega a
París trabajando en una serie de dibujos entre lo surreal y la
denuncia política, en la que expresa su rechazo a las dictaduras.
Pero allí descubre los grafitis en las paredes desconchadas
fotografiados por Brassaï y las obras de los informalistas
franceses. A su luz inicia un nuevo proyecto que se extenderá por
toda su vida.
Rápidamente reconocido como uno de los creadores que renuevan a fondo el panorama artístico español de posguerra, el talento de Tàpies pronto llama la atención también del mundo del arte internacional. A partir de sus exposiciones de los años cincuenta en la Martha Jackson Gallery de Nueva York, consigue lo que pocos europeos: tener una buena entrada en el mercado del arte estadounidense. Su relación con el marchante Aimé Maeght le impone simultáneamente entre los coleccionistas europeos. El paulatino pero ininterrumpido proceso posterior de consagración se plasmará en grandes retrospectivas en los más importantes museos del mundo, así como en los premios y reconocimientos más diversos, de la medalla Picasso de la Unesco al Príncipe de Asturias de las Artes, o el marquesado de Tàpies, que le concedió el rey de España. Por su gran proyección, Tàpies es el tercer artista plástico catalán del siglo XX que adquiere renombre internacional, tras Dalí y Miró (y el cuarto si consideramos la catalanidad de formación de Picasso).
Con sus obras busca una dignificación de la materia y así mezcla
el óleo con mármol molido y otros materiales de ese estilo, dando
a sus cuadros un aspecto que a veces roza el relieve, la
escultura. Sus obras, con el primer plano cerrado o a lo sumo
lleno de desconchones que muestran el interior, la textura del
material, recuerdan a un muro. Una imagen con la
que medita sobre el tiempo ciego de la ciudad (que la levanta y
la destruye) y también para denunciar la dictadura como cierre de
la libertad y del futuro. Trabajará con otros materiales, como el
barniz, grandes piezas de cartón y siempre con una pintura que no
admite correcciones porque enseguida se seca. Eso muestra otra de
sus preocupaciones: la importancia del gesto espontáneo. Un tema
reiterado en su obra es el cuerpo humano: formas que recuerdan a
cabezas que miran, miembros marcados por la huella del tiempo,
torsos que parecen tocados por un sereno dolor.
Sus preocupaciones no se restringen al arte: incansable lector de
filosofía y literatura oriental, considera que la pausada
contemplación y la reflexión serena son asignaturas pendientes de
nuestra cultura que adolece también del excesivo culto a lo útil
y busca instrumentalizar las cosas antes que procurarles un lugar
digno.
Esas preocupaciones no lo convierten en un extraño a su tiempo:
su compromiso antifranquista lo llevó a la Asamblea de Cataluña y
sus convicciones en materia de arte le hacen abrir brillantes
polémicas contra la estética normativa y sobre todo contra el
arte conceptual, en los años en los que este adquiría más
partidarios en Cataluña.
Aunque gente como yo no hayamos terminado de comprenderlo, Tàpies
es una figura señera del siglo XX. No sólo por ser artista, sino
porque supo vivir intensamente su tiempo. Descanse en paz.



